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MORELOS  

Los esclavos de la zafra

Zósimo Camacho / enviado

La serpiente se muerde la cola. Las condiciones de trabajo de los cientos de jornaleros del ingenio “Emiliano Zapata” hacen palidecer a las que privaban en las haciendas porfiristas; los peones reciben como pago apenas lo suficiente para que no mueran de hambre; viven hacinados en galeras que hacen ver lujosos a establos y porquerizas; se bañan en un río que arrastra suciedad y detritus, y a la tienda de raya la conocen como el “comedor y la tiendita.

 

 


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Zacatepec, Morelos. El sudor se mezcla con la miel de las cañas. Las ropas, ya pegajosas y pesadas, se adhieren al cuerpo y le exigen a Catalino, de 12 años, mayor esfuerzo. El sol de la una de la tarde cae a plomo y en el ambiente la temperatura supera los 35 grados centígrados. Pero el niño, entre las llamas del cañaveral, siente más calor. Arropado como si lo que sintiera fuera frío, intenta protegerse del tizne que se impregna en la piel y de las astillas que le abren pequeñas heridas. Cada machetazo contra las cañas va acompañado de un jadeo y chorros de sudor.

A su garrafón de agua le queda apenas medio litro. Aún no quiere agotarlo, pues su ritmo de trabajo disminuirá hasta que, casi desmayado, vaya a recostarse a la sombra de un tepehuaje.

“Y aquí sólo se gana cuando te estás matando, no cuando descansas”, como dicen todos los jornaleros.

Después de amontonar un puño de cañas que le llega a la barbilla, exhausto, deja el machete y posa sus manos sobre ese montículo que le representa cinco pesos. Su rostro serio, duro, se levanta y busca el de alguno de sus compañeros. Su mirada se encuentra con la de su tío. Y entonces sonríe. Sus dientes blancos iluminan su cara ennegrecida por el humo. El contraste hace que su sonrisa luzca enorme, radiante. El niño nu’saavi o tlapaneco no habla español. Lo trajeron de la zona más pobre del país, la montaña de Guerrero, como a todos: primero a pagar una deuda y ya luego, le dijeron, “a puro ganar”.

Préstamos: condena eterna

Los enganchadores visitan las paupérrimas comunidades de Guerrero, Oaxaca, Puebla, Hidalgo y otros estados para “prestarles” 150 o 200 pesos y “saquen de apuros” a sus familias. Les dicen que esa deuda la pueden pagar con trabajo. Pero para ello se deben trasladar hasta estos campos. Y, como todo genera un costo, el traslado sale en 400 pesos que, por supuesto, los patrones también les “prestan”.

Los del ingenio Emiliano Zapata “no escatiman en nada” cuando se trata de “prestarle” algo a sus trabajadores. También les fían para que compren su herramienta de trabajo (machetes, lima o afilador, garrafones). Por si fuera poco, les “dan crédito” para que durante las primeras semanas puedan comprar los alimentos y el agua que se llevan a la zafra. Por ello, las primeras tres semanas de arduo trabajo no reciben nada: están pagando. A la cuarta, según el ritmo de trabajo de cada peón, ya reciben la mitad de su jornada y al mes ya pueden cobrar “completo”.

Al final del día Catalino logrará hacer cinco montones pues, para su edad, “es muy bravo”, coinciden sus compañeros. Le pagarán la próxima semana, pero hoy ganó 25 pesos por una jornada de casi 14 horas.

En la plantación de enfrente, tirado a un costado de un montón de cañas por el que le pagarían tres pesos, descansa don Rafael Rivera, de 55 años. Le ha llevado toda la mañana hacer ese “puño”. Está enfermo, pero no sabe de qué. Pálido y demacrado hasta verse esquelético, se esfuerza por hablar. Sus tosidos constantes dejan ver una dentadura desecha. Los dientes chuecos y carcomidos forman una placa amarillenta que apenas sobresale de las encías.

Usa un machete pequeño, gastado e incómodo, pues no soporta uno de tamaño normal. Su cuerpo desguanzado apenas le permitirá, al final de la tarde, concluir dos montones de cinco pesos. Don Francisco acude a donde su compañero y, a punto de ponerse el sol y de que lleguen los camiones que se llevarán la caña, hace otro “puño” para que a Rafael le cuenten tres montones o 15 pesos por este día.

“Y es que ya no alcanzo a pagar siquiera lo de la comida. Y yo ya casi ni como. Todos estos días no me ha dado hambre. Ni me acerco al comedor, pero de todas maneras tengo que pagar mi derecho al comedor. Y así es: coma uno o no, de todas maneras se debe pagar”.

El pago por “derecho” al comedor es de 250 pesos a la semana. Don Rafael, enfermo y cansado, gana menos de 200. Cuando pueden, sus compañeros se cooperan para ayudarle a pagar.

“¿Y usted cree que voy a volver a ir al doctor, si cuando todavía tenía fuerzas y junté 500 pesos no me alcanzó?”

El hombre, de ojos grisáceos, sólo espera la puesta del sol y que sus compañeros lo ayuden a subir al camión que lo llevará a la galera donde duerme. Después de 35 años de servicio, cuando deje de venir a cortar la caña, no pasará nada. Sus patrones no lo echarán de menos, pues hace mucho tiempo que dejó de ser de los “bravos” que al día hacen hasta nueve puños de a 10 pesos cada uno. No tiene derecho a liquidación alguna, pensión, atención médica ni medicinas. Y tampoco a vivienda. El cobertizo en el que pernocta sólo se lo prestan mientras sea cortador.

Algo salió mal. Pues venía sólo a “pagar” lo que le prestaron y se quedó dizque a “puro ganar” y hace han pasado ya tres décadas y ahora está peor que como llegó: sin nada, con algunas deudas con el ingenio y con su salud quebrantada.

Los más “bravos” de la zafra son los hermanos Simón y Eligio, de 37 y 28 años respectivamente. También son nu’saavi y vienen de la montaña de Guerrero, de la comunidad Zoquitlán, municipio de Atlixtac. Jóvenes e impetuosos, se les ve con una capa gruesa de tizne en la cara, manos y ropas. Así van tumbando caña con machetazos rápidos y certeros a diestra y siniestra. Ellos levantan “puños” más grandes que son pagados a 10 pesos cada uno.

Simón termina el séptimo que ha hecho en el día. Con tranquilidad se dirige a su garrafón de agua. Bebe y siente cómo sus ropas llenas de sudor y miel se secan y quedan tiesas. Platica que se levanta, como todos los de sus galeras, a las cinco de la mañana. El camión va por ellos 10 minutos después y a las seis ya está en el cañaveral afilando el machete. Desayuna a las nueve y vuelve a comer hasta la noche que llega a las galeras. Al igual que los demás, no le interesa mucho el día de la semana en que se encuentre: mientras dure la zafra, todos los días son iguales. No hay descansos.

Se acaba un machete en 20 días. Paga por cada uno 60 pesos. También compra una lima de 15 pesos cada semana. Y cada dos meses compra una cantimplora. Los del ingenio no le dan nada. Ni siquiera agua. Recuerda que hasta hace 15 años los patrones sí colocaban bidones para que los trabajadores tomaran el agua que quisieran.

Ahora ellos mismos deben comprar su agua y una vez que la terminan deben soportar la sed. Vuelve a su trabajo. Simón camina con dificultad hasta donde dejó su machete ante las risas de sus compañeros. Está ansioso de volver a sudar para que sus ropas se humedezcan de nuevo y se destensen.

Las tierras que trabajan son de ejidatarios de Zacatepec, Santa Rosa 30, Galeana, Xochitepec, Tlatiltenango y otros pueblos. Es raro encontrarse a un ejidatario trabajando junto con ellos. A su vez, los comuneros venden el producto que sale de sus tierras al ingenio Emiliano Zapata, el cual impone el precio. Desde hace años compra la tonelada a 25 pesos; pero a veces, pretextando mala calidad de la caña o del corte, paga por ella apenas 20. No hay manera de negociar, ni siquiera de verificar si están pesando correctamente.

“A veces aquí pesamos 20 toneladas y cuando llegamos allá nos dicen que son 17 o 15. Y ni siquiera el ejidatario puede entrar a ver cómo la pesan. Sólo nos dan un papel que supuestamente dice el peso. Con eso nos chingan a todos: al ejidatario, al capitán, al fletero y al cortador”, dice don Lucio Uribe, conductor de un camión que transporta a los peones y a la caña.

El “Emiliano Zapata”

La historia de este ingenio se remonta a la época de la Colonia. Se estableció por el año de 1650. Atrás quedaron las formas rudimentarias de procesar la caña. Ya no se utiliza trapiche ni fuego directo. De hecho, hasta hace apenas dos décadas era el más moderno de América Latina. Pero la que permanece casi intacta es la relación de los patrones con los peones. Pocas diferencias se encuentran entre un peón “acasillado” del siglo XVIII y un “jornalero libre” del XXI.

Los cortadores de caña no saben que hasta mediados de la década de 1990 el ingenio era una cooperativa; que fue expropiado por Lázaro Cárdenas en 1938 precisamente para acabar con las condiciones de explotación en las que laboraban los peones. Tampoco están enterados que fue entonces cuando a la empresa se le nombró “Emiliano Zapata” y fue entregada a los campesinos, ni que Rubén Jaramillo fue administrador. No han escuchado nunca que cuando la explotación regresó, Jaramillo se levantó en armas y “ajustició” a administradores, empresarios y asesores ligados al ingenio.

Sólo les parece raro que se llame “Emiliano Zapata”: “Lo que yo he escuchado de ese señor es que decía que la tierra es de quien la trabaja. Entonces qué tiene que ver con los del ingenio, si esos son unos rateros”.

El ingenio de Zacatepec es parte de los 27 ingenios que el gobierno de Vicente Fox expropió en 2001 “por perder la salud financiera, contrayendo grandes deudas ante diversas sociedades de crédito y organismos del Gobierno Federal, poniendo con ello en riesgo además del patrimonio de los trabajadores del campo, el de todos los mexicanos”, según el decreto de expropiación. El dueño era el Consorcio Azucarero Escorpión.

Pero la expropiación realizada por Fox Quesada no tuvo como fin entregar los ingenios a los campesinos, sino sanearlos con recursos del erario público para volver a entregarlos a la iniciativa privada. Al momento del embargo los ingenios tenían una deuda de 17 mil 500 millones de pesos con Financiera Nacional Azucarera. Esos pasivos pasaron a manos del gobierno federal, el cual creo el Fondo de Empresas Expropiadas del Sector Azucarero (Contralínea 45).

Hasta la fecha, el dueño sigue siendo el Estado mexicano y lo administra a través de dicho Fondo que encabeza José Manuel Tapia Gutiérrez. El administrador general del ingenio es Enrique Luna Flores. Además, los superintendentes de siembras y cultivos y de cosechas son Héctor López Neria y Héctor Villegas Ulloa, respectivamente.

Servidumbre medieval

En las galeras viven los jornaleros con sus familias. Son minoría quienes no llegaron con esposa e hijos. Afuera de su tinglado cuelgan lazos para tender petates y las pocas ropas que lavan al día. Por las “calles” escurren aguas negras que provienen de la zona de retretes y se encharcan en las esquinas de las construcciones. El olor nauseabundo es ligeramente mitigado con cal que esparcen las mujeres.

La mayoría de quienes habitan las galeras de Tlaltizapan son indígenas nu’saavi, nahuas, ma’phaa, huastecos y otomíes, pero también hay mestizos e incluso jaliscienses blancos de ojos verdes. Hay 432 ergástulas para igual número de peones; pero como muchos vienen con uno o varios hijos y esposa, quienes habitan estos cuartos son más de mil.

Adela Campuzano, madre de familia, recibe a su esposo que baja del camión que lo trae de regreso. Platican un momento. El hombre, con hastío, entra en el cuarto. Ella permanece afuera y, con desesperación, le dice a su hija: “mi niña, que tu papá rayó 400 pesos. Qué vamos a hacer: a los de la tienda les debemos 600. Cuándo vamos a ahorrar para regresarnos”.

Cada galera mide 2.5 metros de ancho por 4 de largo. Caben dos petates. Uno para los padres y otro para los tres hijos. La ropa se encuentra en una esquina sobre dos cobijas y dentro de tres pequeñas bolsas de plástico. En el otro rincón, un anafre y una repisa que la familia colocó para el radio de pilas. Son todas sus pertenencias. El cuarto no tiene contactos para luz eléctrica aunque pagan el servicio. Tampoco disfrutan de agua potable.

De una esquina en lo alto proviene la luz de una lámpara que comparten con otras tres galeras. De poco les sirve. Además, los del ingenio suspenden este “servicio” a las 10 de la noche.

Más allá de la zona de retretes se encuentran los lavaderos. Las mujeres lavan con agua del contaminado “río dulce”, que previamente corre por varios de los balnearios que hay en la zona. Ahí enjabonan y enjuagan platos, vasos y ropas. Como no tienen agua potable, cada familia debe comprar aproximadamente 10 litros de agua para beber a la semana. Cada litro les cuesta 10 pesos.

Pero los peones no son los únicos que tienen largas jornadas laborales. Adela Martínez Campuzano, de 17 años de edad, trabaja de lavaplatos en el comedor de estas galeras de Tlaltizapan. Gana 350 pesos a la semana por una jornada de 16 horas. Entra a trabajar a las seis de la mañana y sale a las 10 de la noche. No hay descansos.

Ayuda a sus padres a ahorrar para poder irse. Sus hermanos, de nueve y seis años, como todos los de estas galeras, no van a la escuela. Desea regresar a Jalisco y “meter a mis hermanos a estudiar”.

El sol está a punto de ocultarse y los camiones abren sus puertas a la entrada de las galeras. Los automotores vienen repletos de jornaleros tristes y cansados. Bajan con su morral y garrafón de agua y con el machete casi arrastrando. Entran en su “aposento” y salen con jabón en polvo para ropa. Se dirigen al río.

Ahí se enjabonan y se sumergen en el agua. Hacen a un lado la basura que se encuentran. Niños, adultos y viejos poco a poco vuelven a reír. Patalean en el agua sucia y maloliente y bromean. Cuando todo se ha quedado en penumbras se encuentran otra vez cansados y tristes. Silenciosos se van a sus galeras. Acaban de tener el único esparcimiento que conocen de noviembre a junio, tiempo de la zafra en Zacatepec, donde hay un ingenio que se llama “Emiliano Zapata”.

Publicado: Mayo 2006 / Número 2



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